Hay que vivirse

El sábado cumplió años una persona muy especial para mí, uno de mis primeros amigos. En la niñez nos escondíamos de la vida adulta, en la adolescencia compartimos dudas, risas y experimentos y en la juventud compartimos emociones, lloramos, reímos, follamos y bailamos como nadie.

Hay personas que por más lejos que estén se quedan impregnando tu vida después de años de distancia. Le perdí la pista porque él necesitaba que fuese así, y reconozco que de vez en cuando le recuerdo y cuento los días hasta que la vida nos reúna de nuevo. Me debe docenas de abrazos que quedarán saldados con el primero, como siempre que se dan desde el alma. Y buscando la forma de sentir un poco su esencia, he encontrado esto que compartimos hace tiempo, cuando no nos daba miedo salirnos del camino marcado.

Morir es seguro. Vivir es incierto. Precisamente por eso, porque después de morir ya no podremos hacer nada por nosotros mismos, es ahora cuando tenemos que vivir, cuando podemos convertir lo incierto deseado en lo cierto transpirado. Cuando somos capaces de despertar sueños, multiplicar risas, abrazar sentimientos y bailar con nuestras neuronas. Cuando tomamos solvente conciencia de que bajo ningún concepto vinimos al mundo a sufrir, sino a resolver desde la eficacia, a ayudar desde el pragmatismo, a entender a otros desde la fuerza que da el creer en nosotros mismos.
Vivir plenamente es saber tejer los fríos hilos de la razón para después envolvernos en la calidez del sentimiento y la ilusión. Es introducir tu masa de amor en un horno ajeno sabiendo que te devolverá un pan tierno y comestible, es saber que el paso de los años estrechará lianas y no creará óxidos, es mirarse en otro y encontrarse en él y en ti, es potenciar y potenciarse, abrirse y no renunciarse, amar y amarse. Es convivir y no conmorir.
Nuestra esquela será el último certificado de nuestra fragilidad, la post-data de nuestra biografía y el prólogo de nuestra eternidad, ese inmedible misterio que jamás morirá.

Por eso cada día tenemos que procurar hartarnos de vivir: ¡para dejar a la muerte bien jodida!

(Ángela Becerra)

Espero que cuando nos veamos, su respuesta sea como la mía, ¡me estoy viviendo!

Felices 41, A.

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