Que la vida son dos días

Sólo pido que no me juzgues. Ya sé que es raro ir por la calle saltando con Pelusa. Ya sé que llevo los calcetines desparejados. Ya sé que reírse en pleno cabreo no resuelve nada, y que hay que ponerse serio, sentarse bien y no decir palabrotas. Y sé que a mi edad no debería vivir así tan a lo loco ni moderme las uñas  ni desayunar sentada en la encimera de la cocina como un jilguero. Pero, ¿quién eres tú para decidir que tu falda y tus tacones, o tu traje y tu corrección son ejemplares?¿por qué el sentido de la responsabilidad debe ir ligado a lo estricto que seas al cumplir las normas, por absurdas que sean?¿por qué hay que dar ejemplo de seriedad?¿por qué es mejor eso que dar ejemplo de alegría, mejor que rebelarse si una norma nos parece absurda?
Bastante nos putea la vida. Y además, yo prefiero un niño con las rodillas marcadas de aventuras, un niño que llora de risa o de pena, mejor que uno que no llora para parecer mayor, fuerte, valiente. No digo que ser mayor, valiente o fuerte sea algo malo, ni mucho menos. Pero sé persona, sé tú mismo, sé lo que te dé la gana, no seas lo que alguien alguna vez te dijo que debes ser… si te nace llorar, llora. Si te nace reír, ríe, no hay cosa más sana.

La vida son tres días, en el mejor de los casos. Llora, grita, baila, corre, salta, juega como si tu vida, como si tu infancia terminase mañana. Porque en realidad, puede que así suceda.
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